El análisis de Lacan


“El educador está bien lejos de estar educado si puede juzgar tan ligeramente una experiencia que sin embargo ha debido atravesar él mismo”
Jacques Lacan

Mucho se ha dicho, escrito y publicado ya sobre las aportaciones de Jaques Lacan a la teoría y técnica psicoanalítica. Si bien sus propuestas y postulados han sido objeto de múltiples ataques a través del tiempo –algunos bien fundamentados, otros no tanto-, son pocos quienes se atreven a dudar públicamente del genio de este representante del psicoanálisis francés.

La doctrina lacaniana arremete cada vez con más fuerza sumando seguidores, partidarios y escuelas con la intención de divulgarla. Cada vez más gente se da a la tarea de estudiar los Escritos de Lacan y sus múltiples Seminarios, y cada vez es más común escuchar sobre analistas «lacanianos»[1].

Lo curioso, sin embargo, es que mientras que los conceptos y legados de Lacan se popularizan cada día más, sorpresivamente se ha descuidado una cuestión que se erige como el pilar más fundamental de la formación de un psicoanalista: su análisis personal.

Sabemos sobre la clínica que implementó Lacan y sabemos sobre sus propuestas teóricas; incluso conocemos una infinidad de anécdotas, contadas por sus propios pacientes, sobre las ocurrencias de Lacan en el dispositivo; pero todo lo que conocemos sobre él, lo conocemos siempre desde su posición como analista. De lo que sabemos muy poco, lo que casi todo el mundo ignora, es sobre la figura de Jaques Lacan como paciente, como analizante –como a él le hubiera gustado decir-. Son muy pocos los que conocen y se cuestionan sobre los hechos ocurridos durante el análisis personal de Lacan.

Si comprendemos el principio estipulado por Freud, y que Lacan retoma incansablemente, de que uno aprende a ser analista siendo primero analizante, las circunstancias y peripecias que rodearon el análisis de Lacan no pueden dejar de parecernos atrayentes. ¿Cómo fue el análisis de un hombre que revolucionó el análisis? ¿Qué tuvo que suceder allí para que Lacan propusiera posteriormente variaciones y modificaciones tan drásticas a la técnica inaugurada por Sigmund Freud? ¿Cómo fue el análisis de Jacques Lacan, mucho antes de ser «Lacan»?



El intento de análisis

Jaques Lacan comenzó su análisis personal en junio de 1932, con quien era considerado en ese momento el mejor psicoanalista de la Societe Psychanalytique de Paris y “el más representativo de ese bello horizonte freudiano al que aspiraba”[2]: Rudolph Loewenstein. Lowenstein había sido analizando en Berlín por Hanns Sachs y llegó a Francia en 1925 donde se destacó por ser miembro fundador de esta primera sociedad psicoanalítica francesa y por practicar numerosos análisis didácticos a los psicoanalistas incipientes.

Acaso las complejas implicaciones que de por sí conlleva la práctica de un «análisis didáctico» sugieren la idea de que, en realidad, Lacan eligió analizarse con Loewenstein por una serie de razones claramente políticas; aunque no por ello menos transferenciales. De todas maneras, el hecho es que Lacan frecuentó aquel consultorio de la calle Versailles “varias veces por semana, durante seis años, de junio de 1932 a diciembre de 1938”[3], y aunque “Loewenstein y Lacan hayan guardado silencio sobre el contenido real de aquella cura, se sabe hoy hasta qué punto fue tumultuosa”[4].

Loewenstein, un puro técnico de la gran patria ipaísta, un psicoanalista formado bajo las estrictas normas de la Asociación Psicoanalítica Alemana (DPG) enfrentaba una vez más, una situación que, al parecer, se había vuelto habitual a base de repeticiones: un alumno, un «analista en formación» llamaba a la puerta de su consultorio para formar parte de un análisis didáctico y ser, de esta manera, finalmente validado por la institución. Sin embargo, en esta ocasión la situación sería distinta: cuando vio “desembarcar en su casa a ese magnífico seductor de cabeza inclinada, de orejas demasiado grandes, de sonrisa inimitable y de aire falsamente despreocupado, manifestó su inquietud: Lacan no era un analizante ordinario”[5].

Ahora bien, sería imposible comprender el discurrir de aquel análisis sin reparar en el contexto dentro del cual se llevó a cabo: durante el período de entre guerras se impuso dentro de la IPA una lectura de la segunda tópica freudiana –Ello, Yo y Superyó– que invitaba a la intervención psicoanalítica a asignar al yo un lugar preponderante dentro del dispositivo y, a la vez, facilitaba el establecimiento de reglas técnicas llamadas «estándar», reglas admitidas como necesarias para la formación teórica y clínica de los futuros psicoanalistas. “Y fue a través de ella como Lacan descubrió, si no la doctrina freudiana, por lo menos la práctica psicoanalítica”[6]. En el consultorio de Loewenstein se practicaba un psicoanálisis ortodoxo, escrupuloso y «freudiano» -siempre utilizando esta serie adjetivos con la debida cautela -, y “fue pues esta técnica medida, racional, estandarizada la que aplicó a la cura de Lacan”[7].

Pero Lacan, aquel personaje que con el paso de los años caería en no pocos excesos de excentricidad o magnificencia, sería ya desde el incio un analizante peculiar puesto que “se había iniciado en el freudismo fuera de los caminos del psicoanálisis oficial”[8] y, por ende, “no podía someterse mucho a reglas y constricciones, aunque fuesen necesarias para sus ambiciones”[9].

“Lacan era un hombre libre y esa libertad desbordaba por todas partes. No conocía ni trabas ni límites ni censura”[10] y “no aceptaba ningún rastro de autoridad ni sobre su ser ni sobre la reglamentación de sus deseos”[11]. Por supuesto, no es difícil imaginar hasta qué punto Loewenstein, un didacta empecinado, “perderá la paciencia frente a ese hombre que oscilaba permanentemente entre el frenesí de actuar y de conocer y la lentitud para construir y elaborar”[12].

“Por temperamento, era incapaz de limitar sus deseos, y su análisis con Loewenstein no había hecho nada para arreglar las cosas”[13]. La situación transferencial fue empeorando gradualmente, y Lacan no sólo alcanzó la titularidad y el reconocimiento de la institución contra la opinión de su analista –reconocimiento que tiempo después le sería arrebatado-, sino que escapó del diván apenas pudo hacerlo. Tras seis años de trabajo, aquel análisis se interrumpió de forma impetuosa.

Cada uno de estos dos personajes continuó el curso de su historia, historias muy dispares pero que son hoy ampliamente reconocidas: Loewenstein se convirtió en un representante fundamental de la Ego psychology, un movimiento caracterizado por “esa visión adaptativa del psicoanálisis que no era sin embargo la del maestro fundador”[14]; transportó y apoyó el annafreudismo que se convirtió rápidamente, en el continente americano, en una corriente dominante en el interior de la IPA. Lacan, por su parte, acabó por ser uno de los psicoanalistas más importantes en la historia del movimiento y, “finalmente, se convirtió, para Francia, en el maestro y guía que no había sido Loewenstein”[15].

Pero no debemos creer que el paso de los años amainó las aguas o ayudó a borrar viejos rencores: analista y analizante tuvieron oportunidad de referirse el uno al otro en ciertas ocasiones. “Loewenstein sólo hizo alusión una sola vez, por escrito, y de manera negativa, al problema de la cura de Lacan. Pero en muchas ocasiones manifestó su opinión a los que lo rodeaban: según él, el hombre era inanalizable. Sin duda, Lacan era inanalizable bajo tales condiciones transferenciales -replica Roudinesco, casi en su defensa-. Y Loewenstein no se mostró capaz de innovaciones suficientes para analizar a semejante hombre”[16].

“Por su lado, Lacan confió un día a Catherine Millot lo que pensaba de su cura: según él, Loewenstein no era bastante inteligente para analizarlo”[17]. “Había vivido la interminable duración de esa cura como una traba a sus ambiciones y se había aburrido mortalmente a lo largo de las sesiones de duración fija, consciente de la aplastante superioridad de su inteligencia sobre la de aquel funcionario del análisis didáctico, incapaz de comprender que su paciente no era analizable según los criterios normales”[18]. Experiencias que seguramente determinaron directa o indirectamente las modificaciones que posteriormente ejercería sobre la técnica psicoanalítica.

Queda expuesta de manera muy clara, más allá de cualquier controversia, la perspectiva del propio Lacan sobre su “experiencia de una cura didáctica junto a un hombre del que lo menos que puede decirse es que no será nunca su maestro, en el sentido en que Freud fue el maestro y el analista de sus principales discípulos; cuando mucho seguirá siendo para él un didáctico decepcionante en el más puro estilo de la IPA de los años treinta”[19].

Por ende, en lo que respecta a Lacan como uno de los personajes más influyentes y quizás más controversiales del ámbito psicoanalítico, se evidencia un hecho de por sí paradójico: “su situación de fundador no era la misma que la de Freud: él había sido analizado; y no en cualquier diván: en un diván ortodoxo y reglamentario”[20].



Un rumor…

Existía en la década de los ochenta, y existe aún hoy, la idea de que Lacan había llevado a cabo otro análisis, un segundo análisis después de la experiencia con Loewenstein. El hecho fue sugerido en un primer momento y con cierta certidumbre, en junio de 1982, por Germaine Guex al yerno de Lacan y a sus allegados. Guex estaba profundamente persuadida de que “Lacan había efectuado con Odier, una serie de análisis”[21] puesto que “se cruzó con él a menudo a horas fijas, y durante  varios meses, en la casa de aquel hombre del que se había convertido en compañera”[22].

Actualmente podríamos afirmar que la idea de un supuesto segundo análisis de Lacan es inexacta. “Todo inclina a creer hoy que se trataba no de una cura –se desarrollaba con Loewenstein-, sino de una supervisión, que se había hecho casi obligatoria para los candidatos a partir de la creación en 1934 de un instituto semejante a los que estaban ya en actividad en las sociedades miembros de la IPA”[23]. Fue así que Lacan buscó para su supervisión -o «análisis de control» como gustan de llamarle otros- a Charles Odier, un psicoanalista formado en Berlín por dos hombres prestigiosos de la saga freudiana, Karl Abraham y Franz Alexander. Sin embargo, “curiosamente, Lacan mantendrá siempre en secreto su paso por el análisis de control”[24].


[1] Aunque bien sabemos que el sólo título hacía disgustar al propio Lacan.

[2] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 115, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[3] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 117, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[4] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 113, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[5] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 113, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[6] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 86, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[7] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 118, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[8] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 113, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[9] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 113, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[10] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 113, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[11] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 113, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[12] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 118, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[13] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 300, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[14] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 288, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[15] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 199, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[16] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 119, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[17] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 119, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[18] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 300, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[19] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 112, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[20] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 116, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[21] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 116, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[22] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 116, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[23] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 116, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

[24] Elizabeth Roudinesco, “Lacan: Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento”, pág. 116, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.

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