El psicoanálisis moderno: un elogio de la intelectualidad


“A lo que en la clínica, en nuestro dispositivo de análisis, tenemos que estar atentos es a no caer en la cuestión de saber lo que el paciente nos está diciendo; es decir, hacernos bien los tontos; es decir, no suponer nada”
Marcelo Pérez


 

En términos generales, los psicoanalistas se sienten gravemente comprometidos al tener que hablar sobre el objetivo de su método clínico. Es un tema –entre tantos otros, a decir verdad- en el que las divergencias dentro de la misma institución del psicoanálisis hacen imposible que los analistas logren tomar una postura unánime. Incluso desde el comienzo de la disciplina, y a lo largo de los escritos técnicos de Freud, puede verse al fundador del método batallando para colegir cuál sería finalmente el objetivo del psicoanálisis. Discurrió por un sinuoso camino lleno de contradicciones y sobresaltos: desde la inaugural abreacción breuriana, pasando por una búsqueda de alivio sintomático, un rastreo de recuerdos del pasado, la construcción de material para llenar lagunas[1], un intento de tornar consciente lo inconsciente y, finalmente, la negación de un objetivo terapéutico o pedagógico[2] pero en ausencia clara de una meta bien definida.

Determinar finalmente cuál es pues el objetivo último del proceso psicoanalítico y, por ende, decidir cuál debería ser la labor fundamental del analista dentro del dispositivo fue un desafío abordado por casi todos los psicoanalistas que le siguieron a Freud. Por supuesto que la multiplicidad de lecturas de la obra freudiana, sumada a las innumerables experiencias clínicas de cada uno de los psicoanalistas venideros resultaron en un sinnúmero de propuestas que expresaban, de maneras a veces increíblemente dispares, cuál sería la función del analista y el objetivo del proceso de análisis.

Las divergencias teóricas derivaron en diferencias clínicas que constituyen el complejo entramado del psicoanálisis actual; esas divergencias son bien conocidas, por ende, analizarlas no es el objetivo de este escrito. Más bien, lo que nos ocupa en este momento es echar luz sobre un hecho singular: el aumento de perspectivas sustentadas desde el ámbito de la intelectualidad dentro del psicoanálisis actual.

No es poco frecuente escuchar en el discurso de ciertos analistas actuales palabras que resultan, al menos, curiosas: palabras como «ayudar», «comprender», «descifrar» o «entender» se oyen repetitivamente. Colegas que sostienen que el trabajo del analista reside en «ayudar a que el paciente descubra cosas», o «tratar de comprender algo de la mente del paciente» o, «descifrar en el discurso del paciente algo que él mismo desconoce» o, simplemente, que «entienda y acepte sus aspectos inconscientes».

Sin duda, es muy complicado –sino imposible- tratar de elucidar cuál sería, si es que lo hay, el objetivo único y absoluto desde el cuál la clínica psicoanalítica actual deba ser abordada. Cada modelo teórico se ufana de poseer bases de argumentación suficientes para sustentar su consecuente modelo de aplicación clínica. El hecho en el cual deberíamos, sin embargo, reparar es cuestionarnos por qué el psicoanálisis actual halla su base cardinal en argumentos fundamentalmente intelectuales.

Lo que hace de esto un hecho aún más curioso es que es bien sabido –al menos en el ámbito de la filosofía occidental- que la llegada de los postulados freudianos: la existencia de un inconsciente, la preponderancia de una psicopatología de la vida cotidiana -sueños, lapsus, actos fallidos, etc.-, terminaron por derrumbar la idea del sujeto cartesiano, sustentada por el pensamiento ilustrado de finales del siglo XVII; un sujeto profundamente racional que se relaciona con el mundo a través de los preceptos de su pensamiento, su inteligencia y su juicio. El hecho de que el sujeto se encuentre, después de Freud, dividido, escindido, trozado en –al menos- dos partes que cuentan con voluntades dispares y a veces contradictorias, elimina la ilusión de la racionalidad, del equilibrio, de la recta voluntad y de la intelectualidad.

Este hecho filosófico –obtenido de la clínica y que fue iniciático, a su vez, de una postura antropológica- tuvo también su repercusión en la estructuración definitiva del dispositivo. Es justamente por esto que Freud estipula en el único mandato dentro del mismo, en su regla fundamental, que el sujeto sea movido del discurso racional, estructurado y consciente, y sea invitado a comunicar no sólo lo que “él diga adrede y de buen grado, lo que le traiga alivio, como en una confesión, sino también todo lo otro que se ofrezca a su observación de sí, todo cuanto le acuda a la mente, aunque sea desagradable decirlo, aunque le parezca sin importancia y hasta sin sentido[3]; invitado a decir eso otro, a hablar desde otro lugar, desde otro contexto: desde el lugar de la no-racionalidad.

Freud pensó que exhortar al paciente a asociar libremente, a decir todo lo que se le ocurriese, sería la única forma de conocer algo de los contenidos inconscientes que albergaba su discurso. Puesto que si la razón de su padecer podía hallarse en algún lugar, no sería en el discurso consciente, lógico, estructurado y racional; sino allí donde la lógica y la temporalidad son otras. Freud se embarcó, así, en una tarea clínica que fue alejándose lentamente del ámbito de la positividad y de la ciencia racional porque sugería que la verdad del síntoma –algo en el orden de la verdad de sí- se hallaba en un ámbito otro que el del pensamiento, y orilló al psicoanálisis a convertirse, entonces, en una práctica sin-razón, en un «elogio de la tontería»[4].

Pero entonces debería resultarnos, al menos, cuestionable el hecho de que la herencia actual de aquella clínica propia de un paradigma que se caracterizaba por comprender al humano como un ser profundamente influenciado por las partes inconscientes de su mente, se erija hoy desde la posición de la racionalidad. Porque los analistas actuales ya no únicamente se acercan desde y hacia la teoría de una forma estrictamente racional; ya no sólo anteponen los preceptos teóricos a la fenomenología, a veces, incomprensible que la clínica pone en evidencia; sino que incluso sustentan, justifican y elaboran –desatendiendo los consejos técnicos sugeridos por Freud[5]– intervenciones clínicas con los pacientes dentro del dispositivo, desde las demandas de una racionalidad extrema que los orilla a pensar, comprender y razonar antes que a escuchar o a psicoanalizar.

Algunos psicoanalistas actuales parecen ignorar que uno “piensa donde no es, y es donde no piensa”[6], es decir,  que la existencia esencial del sujeto y el acto racional de pensar –y pensarse– no son coincidentes ni siquiera topológicamente. Que el análisis se fundamenta mucho más en el hecho experiencial de tenderse en un diván y hablar, que en el objetivo racional de «conocer»,  «descubrir» o «pensar» cuáles serían las motivaciones inconscientes de sus conductas; porque, como afirma el mismo Freud, si de conocer se tratara bastaría “con sólo asistir a unas conferencias o leer unos libros”[7].

A lo que el sujeto asiste cuando se recuesta en el diván y respeta la regla fundamental -a saber: hable– es a un evento encumbrado por la experiencia sensible. A una práctica propia de tiempos anteriores a los de nuestra posmodernidad, claro está, y que lo acerca de manera súbita e irremediable al hecho estético de enfrentarse a un compendio de frases y palabras que parecían definirlo.

Pero entonces surge, y se pondera, la ley de este sujeto de la racionalidad, este sujeto cartesiano digno del pulcro pensamiento ilustrado; un sujeto autónomo, libre y bien pensante. Pero, ¿es acaso este sujeto el sujeto del psicoanálisis?; el psicoanálisis, una disciplina fundada en la periferia del discurso médico, en la palabra del loco al que se le regresa el derecho a hablar, en el error, en el acto fallido, en la voluntad cercenada y dubitativa del inconsciente. ¿Qué relación hay entonces entre el sujeto de esta disciplina esencialmente estética y no-racional, y este sujeto ilustrado e impoluto? Sinceramente, no lo sé.


[1] Sigmund Freud, “Construcciones en el análisis” [1937], Buenos Aires, Amorrortu, 2004.

[2] “La ambición pedagógica es tan inadecuada como la terapéutica”. Sigmund Freud, “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” [1912], pág. 118, Buenos Aires, Amorrortu, 2004.

[3] Sigmund Freud, “Esquema del psicoanálisis” [1940(1938)], pág. 175, Buenos Aires, Amorrortu, 2004.

[4] Guy Bechtel; Jean-Claude Carriere, “Elogio de la tontería” (Prefacio al Dictionnaire de la bêtise),París, Robert Laffont, 1965.

[5] Sigmund Freud, “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” [1912], pág. 118, Buenos Aires, Amorrortu, 2004.

[6] “Je pense où je ne suis pas, donc je suis où je ne pense pas”. Jaques Lacan, “Ecrits”, pág. 517, París, Siglo XXI, 1966.

[7] Sigmund Freud, “Sobre el psicoanálisis «silvestre»” [1910], pág. 225, Buenos Aires, Amorrortu, 2004.

Un comentario sobre “El psicoanálisis moderno: un elogio de la intelectualidad

  1. La racionalidad científica paraliza todo, diría Nietzsche; al querer atrapar todo por el pensamiento, dar una explicación cabal de todo fenómeno, no deja paso a la espontaneidad, a una experiencia estética, incluso caótica que sobrepase toda experiencia racional.

    ¡Buen artículo!

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